Pocas son las ocasiones en las que decido abordar un tema social controvertido con seriedad, esta vez es un tema del que todos opinamos y discutimos, muchas veces sin conocimiento de causa, es el caso del aborto. Hemos dicho que sí, que no, quién sabe, no siempre… pero creo que hasta no estar en los zapatos de quienes se encuentran por tomar o declinar la opción del aborto es cuando podemos juzgar.

Les presento 3 casos que me entcontré en el Universal:

No lo quiere pero no pudo abortar.

Sandra renunciará a la patria potestad de su hijo ante un juez, lo hará dos veces, a los dos o tres primeros días de nacido. Luego lo entregará a Yoliguani, una institución que se encarga de proteger a mujeres embarazadas. Sandra se comunica con sus padres una vez a la semana y sigue con el “cuento” del trabajo fuera de la ciudad. Cree que la mentira vale la pena porque está recorriendo un camino junto con el bebé que tiene un final feliz y ocurrirá cuando Yoliguani entregue a una de las 100 parejas que tiene en lista de espera para recibir un bebé en adopción.

Sus planes son regresar con sus padres tres días después del parto. A él sólo quiere darle un beso y no volverlo a ver jamás. “Total -dice-, yo soy joven y no es tiempo para ser mamá, no quiero decepcionar a mis padres y sé que después, en unos 10 años, puedo tener otro hijo”.

Abortó:

Karla tomó otra decisión. Ella abortó a los 16 años, lo hizo con el dinero y el consentimiento de su mamá. “Desde que salí de esa clínica mi vida cambió -continúa la adolescente-, me sentía más ligera, me había quitado un gran peso de encima, primero porque siempre supe que no estaba lista para ser mamá, luego porque tuve mucho miedo de confesarle a mi mamá que la había decepcionado, no sabía cómo iba a reaccionar, verla ahí, a mi lado, me quitó 50% del miedo que sentía de abortar”.

Han pasado dos años de que se practicó el aborto. Karla dejó la relación que tenía con su novio, entró a la universidad, estudia la carrera de Relaciones Comerciales y sigue pensando que aquélla fue una buena decisión. “No me hubiera casado o juntado con mi novio, tampoco hubiera entrado a la universidad, tendría que trabajar y seguramente con un mal sueldo porque ni la preparatoria había terminado”

 Lo tuvo:

 Adriana se arriesgó y se convirtió en mamá a los 16 años.

Lo hizo a pesar de las complicaciones tanto físicas como emocionales. Confiesa que nunca se ha recuperado de la tristeza que le provocó decepcionar a sus papás. Hoy el bebé tiene casi un año y un nombre. Se llama Esteban y es “la alegría de la casa”.

Para la familia el pequeño es como un hijo más; el tercero para ser exactos. De los mismos vales de despensa con los que el papá de Adriana compra la comida del mes sale presupuesto para la leche y los pañales de Esteban. Además es el consentido de su abuelo, el mismo que hizo berrinche cuando se enteró de que su hija Adriana esperaba un bebé apenas dos meses después de que tuviera su fiesta de 15 años.

 ¿Existirá en estos casos “la decisión correcta”?

Anuncios